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Nobleza

Por Mauricio Murillo

En este minuto en que el cansancio casi muele mis sienes y dobla mis piernas después de un día inesperadamente largo, no puedo retener las ganas de escribir y vaciar mi corazón en este documento. He pensado todo el día en ti sin poder ponerle atajo.

Te quiero.

Es la conclusión. Ya lo sabía, ¿lo sabías tú?, Espero que sí.

No he podido quitarte de mi mente, no sé si porque te echo más de menos ahora que te he visto un día menos, o porque simplemente me haces más falta hoy en que las cosas no me están saliendo del todo bien.

Como sea, hoy quiero decirte entre otras cosas, que has transformado mi vida, tu dirás: ¿Qué he hecho yo?. Ni siquiera yo lo sé. Simplemente un día te vi distinta; entré en tu oficina y encontré a la mujer más sensual que hubiera conocido jamás, con un cuerpo de sirena, una mirada tierna, cálida… quizás había encontrado el sol que le faltaba a mi universo…y con la sabiduría a flor de palabra. Sí, algo cambió en imagen o algo cambió en mis ojos, pero te encontré un día nueva.

Después de haber sido tan ajena, alguien a quien se le guarda el cariño de haber pertenecido en un momento a tu vida, me interesé en tu persona, y encontré alguien quien compartía mis gustos, mi sufrimiento, mis temores, mi criterio, mi sinceridad, mi humildad pero que había dado varios pasos adelante: Alguien a quien admirar.

Por eso hoy en que quiero ofrendarte lo mejor de mí, en esta la hora que los míos y tus temores renacen, en la hora en que empieza la batalla entre la razón y la pasión,hago un voto de nobleza y me armo caballero, tu defensor y tu servidor, tu admirador y tu amante campeón.

No habrá cruzada, por muy cruda que sea, que me impida dedicarte mi mejor sueño en cada noche, y mi último pensamiento antes de dormir, y si las estrellas hoy me escucharen y se hicieran cargo de mi alma antes de dejar el mundo en que te conocí mi ultimo pensamiento antes de morir…

El Nombramiento

Después de jurar en una epístola el amor que lo coronaba, se dirigió a su nombramiento. Sería nombrado caballero y se iniciaría su empresa para ganar un lugar en Ávalon y un lugar en el corazón de la mujer que amaba.

Pero no era la muerte, ni el fracaso en la batalla lo que le preocupaba, era el amor no correspondido que él insistía en defender. El moro seguía en pie de guerra en el corazón de su “Sirena”.

El tiempo le enseñó que solo el tiempo le podría brindar la tranquilidad o la muerte de su alma, pero que ya no dependía de su gentileza el conquistarla o hacerle olvidar. Podría tomar Jerusalén cientos de veces y reinar mil años cada vez, pero no podría matar el espíritu del moro.

Su sirena había sido engañada. La pasión de un extranjero apagó su canto y su seducción, el brillo de sus ojos; un extranjero que sólo quería degustar el poder y la superioridad que tenía su belleza y galanura ante la inmadurez. Tomó cuanto quiso hasta embriagarse porque ella, ciega de lujuria, le brindó las llaves de su candor. Y el moro, sin mayores ambiciones que otra batalla ganada en el nombre de su ego, se marchó, guardando la llave para sí como trofeo, y dejó cerrada la puerta, para que nadie más entrara a limpiar lo profanado.

Así, la sirena encantadora, quedó encantada de un enemigo al que no aprendió a olvidar.

Cuando ya era la hora de su nombramiento, sólo tenía dos cosas en mente: El amor que no podía evitar sentir por alguien que quizás nunca lo llegaría a amar, y el rostro de la única muerte que lo mantendría con vida, sería inmortal hasta la hora de la muerte del moro.

Y entre sentimiento y pensamiento se sorprendió con una espada en el hombro y con la voz de un rey ignorante del motivo que lo movía, diciendo su nombre de caballero, y sólo escuchó la trinidad que sagraba su espada : “…por Dios, San Miguel, y el Dragón…”

Empezaba su cruzada…

El Enfrentamiento

Con los labios raídos por el mar y el desierto, con la cara ajada de muerte y sol, y los músculos cansados de caminos y golpes, estaba en su última batalla. Con mil muertos en las manos, y la sangre de una raza manchándole la cara, buscaba frenéticamente entre la superficie inerte de la fortaleza al moro. Buscaba entre los guerreros que permanecían en pie y rogando que no estuviera entre los caídos.

Con cada paso que daba, y cada hombre que caía por su espada, crecía el recuerdo de una carta que no sabe si fue leída, si sería leída en algún lugar del tiempo; de una empresa que podría ser en vano, y de su último deseo, el de ver destruído al demonio que eclipsó el corazón de una sirena que no tenía la culpa de no quererle.

Y seguía la búsqueda… y crecía el odio … y seguía la búsqueda … y crecía su amor … y seguía la búsqueda …y centuplicaba su fuerza con cada soldado que caía en sus manos… y seguía la búsqueda … y la paciencia se le agotaba…

Hasta que como un relámpago la vio brillar, en medio de la polvareda. Como un relámpago brillaba y como un rayo cayó sobre un soldado que perdía la vida en el nombre de Dios: Una cimitarra enorme como un mandoble, digna de un general arrogante y cruel. Enceguecido corrió a buscarle y enfrentarle,derribando por el camino a quien se interpusiera, y en un grito de ira llamó la atención del demonio que presuroso se puso en guardia. Y en su carrera, y mientras se preparaba a atravesar su cuerpo con una espada inmunda de sangre, atravesó primero su mirada, por si la suerte no le acompañaba y no saliera de allí con vida, llevárselo al infierno con él; allí tendrían una eternidad para pelear un corazón que no les pertenecía. Y mientras crecía su fuerza y valor para enfrentar al demonio rogaba a Dios que se apiadase de su alma:

Esta guerra ya no era por Dios…

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