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A la luz de una vela

Por Mauricio Murillo.

Las luces apagadas.

Sólo la luz de una vela ilumina su silueta. Tenues se escuchan los pasos de sus pies descalzos mientras busca un pañuelo de seda para improvisar una danza. Él la mira y se sume en una extraña ternura, algo muy distinto de lo que los hombres de su familia le permitieron sentir.

Aunque quisiera, en ese momento no podría recordar las voces que le dictan cómo debe ser la belleza de su mujer: “Debe ser alta, debe ser delgada, debe ser blanca” ¡Vaya sarta de estupideces!. Cada vez que lo escuchó de su padre miraba a su madre y se preguntaba por qué en las fotos de su matrimonio se veía tan feliz y ahora no había ningún rastro del brillo de sus ojos. Su cuerpo cansado y emblandecido dejaba ver la ineludible acción de los años que injustamente le quitó su belleza física perfecta y como los hijos tomaron algo de esa belleza para sí dejándola con el rostro curtido de rabietas y desobediencias.

Ahora él mira a su esposa y se pregunta por un segundo si le pasará lo mismo; si le dolerá perder el encanto físico de su juventud, aunque no tenga ni la altura ni la figura que su madre alguna vez tuvo. Qué importa, apuesto a que él tendrá menos pelo que su padre a la misma edad, y quizás hasta más manchas en la piel.

A la luz de una vela no parece medir un metro cincuenta y cinco.

Mientras ella baila y juguetea con el pañuelo, ríe. ¿Puede ser vergüenza de la niñería que está haciendo? ¿Se estará preguntando otra vez “qué pensará de mí”? Y aunque a la luz de una vela no se puede ver el color de su piel él puede adivinar que debe estar sonrojada como en todas aquellas ocasiones en que la imaginación vence al pudor y deja escapar alguna broma inteligente y luego una risa y luego un beso.
¡Qué belleza más sencilla! La de una risa que ilumina los rostros de quienes la rodean, una risa que juega a la ronda con un sedoso cabello y un pañuelo de seda.

A la luz de una vela la risa más inocente ilumina el más torpe corazón.

Y ella baila y gira y coquetea. Se ve tan ágil como un gato, tan liviana como una pluma. Puede que sus movimientos sean algo torpes y no tan trabajados como los que alguna vez vio junto a sus amigos en una boite. A decir verdad nunca supo por qué fue a esos lugares. Se reía sí, y le parecía bien compartir con sus amigos o compañeros de trabajo, sin embargo las mujeres no era el motivo que lo llevaba ahí, rara vez miró a una más de un minuto. Quizás siempre supo que la mujer que quería no la podía encontrar ahí, que el no buscaba un cuerpo bonito, que la intimidad que después encontró no la podía encontrar en ese lugar en donde las mujeres bailan para todos, para cualquiera. Ella baila para él únicamente. Es un juego, ella lo sabe y él lo agradece sin hablar.

A la luz de una vela su danza es perfección.

Y luego después de reír y bailar se acerca a él buscando una caricia. Él se siente inseguro de darle lo que ella quiere. Sólo quiere acariciarla y hacerla sentir bien. La toca con cuidado ya que desconfía de si es verdad que ya superó sus complejos del sobrepeso, pero ella es tan condescendiente que nunca le diría si algo no le gusta y ese silencio le obliga a explorar con cariño su piel, a dejarse someter con un beso que le sabe a gloria. Él intenta cubrir cada centímetro de su piel navegando en un cuerpo que no es perfecto y que no se acerca siquiera a esa norma artificial que olvidó desde que la conoció.

A la luz de una vela no se ve las imperfecciones del cuerpo.

Ya dormida parece sonreír. Él la mira antes de que el cansancio venza sus ojos. La ve ruborizada y pacífica, e intenta grabarse el gesto dulce de su mujer buscando un tranquilo, colorido y perfecto sueño. Cuando él cierra los ojos, ella los abre y lo contempla. Hace mucho que no se percata (por que no le interesa) que su marido a perdido cabello, que ha subido de peso y que es el más bajo de sus hermanos. Sólo ve a la persona con la que decidió envejecer.

A la luz de una vela no importa el cuerpo, no importa la imagen, todo es perfección.

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